domingo, 22 de agosto de 2010

Notre Dame de Reims


En 1210 AD., la catedral construida por la Dinastía fundada por Carlos Martel, es destruida por un incendio; allí donde a partir del siglo XI se habría de coronar a los monarcas francos, quedaron entre cenizas y escombros los cimientos que albergarían el santo óleo. Un año después, Aubry de Humbert, arzobispo de Reims, mandaría construir la tercera catedral gótica de Francia, por detrás de la de París (Notre Dame de París) y de la Chartres, en nombre de vuestra señora, la Virgen María.


Fueron necesarios más de dos siglos para finalizarla, y en su construcción se sucedieron cuatro arquitectos: Jean d'Orbais, Jean-le-Loup, Gaucher de Reims y Bernard de Soissons. Lo último en finalizarse fue la fachada oeste, realizada a partir de los planos del s. XIII, en el s. XIV.

Los tres pórticos de la fachada están fuertemente ornamentados, entre los que se encuentran en ángel de la sonrisa y el también afable Gabriel. Entre un gran número de escenarios aparecen de forma reconocible la imagen de la coronación de la Virgen por Cristo, el bautismo de Clodoveo (en francés, Clovis, rey de todos los francos durante finales del siglo V y principios del VI) por el arzobispo San Remigio (cuya escultura se encuentra junto a la basílica de Saint Remi), así como escenas del juicio final.


Los campanarios, que casi alcanzan los 90 metros de altura, se alzan sobre la galería de los reyes, una serie de tallas reconstruidas a partir de las ruinas que los alemanes dejaron durante la Primera Guerra Mundial. A partir de esta galería se puede acceder al interior de la nave principal, donde la antigua estructura de madera fue sustituida por unas delgadas láminas de hormigón, para evitar los posibles incendios. En el interior de la nave, a mas de treinta metros del suelo, se puede acceder a un paseo almenado que recorre el perímetro de la estructura, desde donde se pueden ver otro tipo de esculturas, mucho más profanas, fruto del permiso que los arquitectos otorgaron a los escultores.


Sobre el coro se alza un campanario de techos de plomo, coronado por flores de lis de un metro y medio, y bañadas de oro en su comienzo. Los contrapesos de la campana pesan más de tres toneladas, y cuentan con un lecho blando que evitarían la destrucción del techo del transepto en caso de su desprendimiento. Una campana que nunca llegarían a escuchar en Galés, pues al comienzo de 1275 AD., cuando la catedral estaba prácticamente finalizada, Edward I, hijo del difunto rey de Inglaterra, Henry III, llamaba a Llewelyn, nuestro último líder, a Chester, para que le rindiera pleitesía. Un año antes de ser declarado rebelde, y poco antes de ser traicionado y asesinado, y decapitado, mucho antes de que Notre Dame de Reims fuera finalizada. Poco antes (1269 AD.), Luis IX de Francia, emprendió la última Cruzada, la VIII, contra Túnez, que finalizaría con su contagio y con su muerte por peste, un año después.


Ancaelius, y Tempus, y Ettore, y Medea, nunca llegarán a contemplar las maravillas de Reims, ni visitarán su nave para ser testigos de ninguna coronación real, ni siquiera la última, la de Carlos X, en 1825 AD.



Ya es de noche; que sus nombres sean recordados.

Eryri